24 abril 2007

Abrió la carta recogiendo cada pedazo de papel que se le caía. Como estaba tumbado en su cama tuvo cuidado para que la falta de visión no le hiciera perder ni una minúscula parte de aquel sobre. Cuando ya tenía el papel entre sus manos, miró al techo. Había una enorme mancha negra con forma de manzana.

Tenía la sensación de llevar toda la vida allí. El colchón, que el primer día parecía una ofrenda de los dioses, ahora se le clavaba en la espalda. Los barrotes de la ventana, que tenían arcos de corte arabesco, sólo le recordaban cada mañana su cautiverio. En el suelo, la bandeja de la comida. Siempre el mismo potaje insulso de las cocinas.

Había sido un hombre trabajador, con aspiraciones y ambiciones. Sólo cometió un tremendo error. Algo horrible que le costaría toda la vida porque debía pagarlo en días, horas e interminables segundos de soledad, de falta de libertad, de remordimientos.

Pero no, no. Debía ser fuerte para no volverse loco en la espiral de sus pensamientos, ahogado entre esas cuatro paredes por la vergüenza de sus actos. Ahora tendría más tiempo para pensar y reflexionar. Para leer libros, para pintar. Siempre tendría la pintura.

Pero pintar el qué. Pensar en qué. Solo podía repetir la misma escena una y otra vez. El, ella. Su mano donde no debía, en su cuello. Se movió sola, en un impulso que ya no pudo refrenar. Lo siguiente fue verla en el suelo. Yacía estática, bellísima pero aterradora. No pudo hacer nada más. Todo estaba ya hecho. Después no pudo contener sus remordimientos. Lo confesó todo.

Miró de nuevo la carta. Había hecho lo que debía, la confesión le llevó a una cárcel pero le liberó de su conciencia.

Leyó la carta, que era una breve nota en la que decía:

"vuelve a casa, podremos superarlo"

23 abril 2007

Tenía mucha locuacidad y hablaba de una forma directa y comprensible. Su personalidad era arrolladora, fulminaba con la mirada. Le caracterizaba su excesiva sinceridad. No sabía callar esa enorme boca por la que emanaba todo lo que su mente pensaba. Si había una gorda en el autobús sentía la necesidad de expresar sus pensamientos en voz alta. Ya estuviera sólo o acompañado irremediablemente,verbalizaba. Era algo compulsivo:
-Miren la foca que acaba de entrar.

Con grandes méritos llegó a ascender rápidamente. Le dieron un bonito despacho que tenía un gran ventanal con vistas al Retiro. Una secretaria que siempre llevaba una camiseta larga, unos leggins negros, unos zapatos negros de tacones interminables y un lazo con el que se recogía el pelo almidonado trabajaba con él. No soportaba su lazo. Las mallas ceñidas y sus zapatos taconeadores no le gustaban pero el lazo era insufrible. Cada vez que entraba en el despacho se le desviaba la mirada a los enormes puntos rojos que le llamaban, que le perturbaban.Tuvo varios ataques. Mometos de dolor intenso y punzante por sus arranques de sinceridad reprimidos.

Una mañana, mirando su formado trasero agitarse camino a la puerta, el pensamiento cruzado le desconcentró e inesperadamente alzó la voz para decir:

- Su lazo no es lo más adecuado para esta oficina, es chirriante para la vista y más parece usted una ratita presumida que una ejecutiva agresiva, algo a lo que, por otra parte, no creo que usted aspire.

La joven se dió la vuelta y sin perder ni un sólo segundo le respondió:

- Lo tendré en cuenta

Al día siguiente apareció en la oficina sin lazo, pero unos pantalones de grandes lunares verdes y amarillos se convirtieron en su atuendo habitual.
A partir de ese día, todas las secretarias de la empresa comenzaron a llevar pulseras con lazos de círculos negros y amarillos.

19 abril 2007

Todo lo que había en aquella mesa era apetecible. En el centro había una florero con rosas de azúcar y nata. Canapés de caviar y ahumados, carne asada y pescados en escabeche en un extremo. En el otro una bandeja con figuras de chocolate rellenas de pralinés de avellana, trufa o licor y alrededor del florero frutas exóticas bañadas en zumo de maracuyá con champán.
El tirano de Bustamante llegaba cada mañana con una bandeja vacía y recogía los alimentos que se habían estropeado. Más tarde, aparecía su mujer, con un delantal de hilo de oro que le llegaba hasta los piés, empujando una carretilla de cristal en la que había nuevos, variados y exquisitos manjares.


El prisionero estaba en una jaula justo encima de la mesa. Llevaba tres días sin probar vocado. Tenía que chupar su propio cuerpo para recoger las pocas gotas de sudor que le habían permitido no morir deshidratado. Aunque tenía graves problemas para respirar porque la habitación en la que estaba no medía más de tres o cuatro metros cuadrados sin ninguna ventana, se acostumbró al estado sueño que le provocaba la falta de oxígeno.
El tirano de Bustamante le observaba cada día durante 15 minutos para ver su evolución. En una ocasión le contó que uno de sus prisioneros se volvió loco y acabó comiéndose a él mismo por el hambre.

Todo lo que tenía que hacer para salir de aquella tortura era decir una palabra. Algo que ni él ni ninguno de los que había pasado por allí había dicho.

-Sí.

Un sí a cualquiera de los ofrecimientos de comida que le hacían. Un sí por el que vendería su alma al diablo porque con él asumiría que cedía a la sumisión de su pueblo. Prefería morir de hambre.